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bicicleta

La bicicleta. Nuestra amada. Fuente de celos, de pasiones, de odios y de amores. Todo en uno. 

Hace meses le propuse a mi amigo Juan Carlos Blasco, periodista de Canal Extremadura Radio, que hiciera un ensayo en torno a la bicicleta. Dicho y hecho. Muchos años de mi infancia los compartí dando pedales con él en los calurosos meses estivales en La Siberia Extremeña. Este escrito resume la esencia de muchos de aquellos instantes irrepetibles.

Amarás la bicicleta

Suena a orden. Pero más bien describe ese sentir que se lleva muy dentro. Se va gestando poco a poco, sin prisa, pero inexorablemente, desde que te regalan la primera y estás deseando que tu padre le quite esos ignominosos ruedines. Nos podemos olvidar del cumpleaños de nuestra pareja o dónde hemos dejado las llaves de casa. Pero todos sin excepción recordamos la primera bicicleta que tuvimos, ¿o no es verdad? Y una vez que aprendimos a ir en ella, eso nunca se olvida. Nunca. Por algo será. Fue nuestra cómplice cuando íbamos alcanzando mayores cotas de libertad y ésta se contaba en las manzanas que te dejaban ir solo. Al principio, alrededor de casa, después hasta el parque, más tarde el barrio, y al final, donde tus piernas y tu atrevimiento pudieran llevarte. ¿Quieres un niño feliz y autónomo? Déjale una bicicleta, verás.

Dicen que hay que estar un poco loco para que un fin de semana de febrero, lloviendo y con frío, los hay que prefieran salir solos o en grupo, salir a pedalear en vez quedarse en casa cerca de la calefacción. Puede ser. Pero es que la afición se convierte en devoción y también en sana adicción. Un día festivo es un día para hacer una nueva ruta donde hay una subida que promete. En el fondo ¿no tiene ésto un cierto componente masoquista? No, es mucho más fácil de explicar. Lo que pasa es que es una química diferente. Di-fe-ren-te. Es como un ritual. Te esfuerzas, sufres, sudas, pero te gusta y te divierte. Tus piernas y tu espalda, parecen que van a estallar. No lo hacen, aguantas, no te rindes y llegas arriba. Incluso has dudado y has pensado en bajarte. Pero no. No lo has hecho. Has seguido porque sí, o porque el veneno que tienes dentro es mucho más fuerte que todo lo demas. Llegas arriba. Y confiésalo; entonces te sientes el rey del mundo. Sí, sí, el rey del mundo cuando coronas ese puerto solo o en compañía. Pero lo has hecho tú, y tu bicicleta. Paladeas ese momento que puede ser el mejor de todo el mes. Miras a tu alrededor, contemplas el paisaje, y te sientes capaz de todo. Y poco después, coges el periódico y te lo pones en el pecho para bajar como una bala por esa sinuosa carretera. Durante esa mañana, aquello que te preocupa o te apena, se queda atrás. Al principio, hace la goma y se pone a tu rueda, e incluso, insolente, quiere darte un relevo. Pero miras tu imagen reflejada en la tija de tu montura, bebes agua, aprietas los dientes, demarras y los problemas los dejas clavado en el primer falso llano. ¡Y que te alcancen, si pueden! Así eres tú. Así siempre has sido tú.

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Amarás la bicicleta. Parece un sagrado mandamiento. Quizá. Pero es más una forma de entender la vida y de entenderte a ti mismo. Y se manifiesta cuando vas andando o en coche a un sitio, y mentalmente calculas cuánto tardarías a golpe de pedal. Y se nota con esa pegatina de tu club ciclista que llevas colocada en tu coche. O por los kilómetros que deberás hacer mañana para quemar el chuletón que te vas meter entre pecho y espalda esta noche de sábado. Pero sobretodo, por la pedagogía que utilizas al explicar a cualquiera que quiera escucharte algo tan elemental como que hay que respetar a los compañeros que salen a la carretera, cuando la mayoría de los conductores los ven como sujetos de segunda, simples molestias pegadas al arcen en fila india. Héroes anónimos que se la juegan cada día y que padecen una terrible e injusta indefensión. ¿Tanto cuesta dejar una anchura de metro y medio al adelantar? Ignorar esa distancia es lo que puede convertir esa delicada maniobra en una tragedia que marca a una familia para los restos. Sólo nos conmovemos cuando algo así aparece en la tele o en los periódicos. Sensatez, señoras y señores, sensatez. Poco más. ¿Y por qué pitan? ¿Por qué? Te responden que para avisar de que te van a adelantar. Oye, ¿pero tú no sabes que el motor de un turismo se escucha desde centenares de metros antes? Pues parece que no. La estupidez es además ruidosa.

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Y qué decir de ver a otros rodar. En los últimos años, en este país nos hemos hecho expertos en Fórmula 1. Conocemos de memoria las curvas que tiene un lejano circuito en el que nunca estaremos, diseñamos estrategias sin más y afeamos a los directores de equipo que usen unos neumáticos para seco, cuando amenaza lluvia. Y con las motos GP, tres cuartos de lo mismo. ¿Ya nadie habla de ciclismo? Sí, claro que sí, aunque para muchos sea un deporte que mediáticamente ha bajado algunos peldaños porque ahora mismo no haya una figura patria de postín que domine en las grandes rondas. Pero a ti eso te da igual. Tú tienes tus preferencias, aplaudes los nuevos valores que despuntan y lamentan los que, por edad, dejan de ser profesionales después de tantas alegrías. Y en la tele, agradeces por igual que emitan la Volta, el Giro, el Dauphiné, el Tour, la Vuelta a Burgos, o la Vuelta a España, aunque podrían retransmitir bastantes más pruebas. No fiscalizas su importancia o su relumbrón. Allí estárá tu televisor encendido narrando la última escapada o los abanicos que causa el viento. Y aunque en ocasiones no estés muy atento, necesitas saber que ese run run sigue ahí, a pesar de que resuene muy lejano, en la otra habitación. Es como esa canción que tanto te gusta y que tarareas de manera automática. Forma parte de tí.

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Amarás la bicicleta. Sí, ¿y qué? Y aprecias y respetas a otros como tú. Y te agrada acercarte a ese pequeño y humilde Critérium que han organizado en la barriada de al lado. Si puedes, participas, claro está. Y si no, no pasa nada. Coges a tu familia, porque en ellos también suele picar este gusanillo y acudes a ver el ambiente, y charlas con esos amigos con los que te sientes tan bien. Y es que gozas siendo espectador, aunque no tiene ni comparación con ser practicante de esta casi religión, actividad de culto que no conoce límites. Sólo los que tú te planteas superar.

Y contigo siempre está ella. Dos ruedas, y es lo mismo que sea de pesado metal, como la que tenías cuando empezabas, o el último modelo de fibra de carbono, que atesoras ahora en ese rincón de casa o del garaje que para ti es un auténtico santuario. Por todo lo dicho, no es extraño que la bicicleta sea el tercer bien que más se roba en las ciudades, sólo por detrás del dinero en efectivo y los teléfonos móviles. Por algo será. Incluso una universidad chilena ha inventado un dispositivo para evitar tanta sustracción. Consiste en alterar el cuadro para que el sillín con su pequeña barra sirva de candado. Quien quiera quitártela, deberá romperla y perderá su valor. Curiosa filosofía la de este sistema antirrobo, “antes rota que de otro”. Resume bien lo que es una bicicleta para su dueño. Inexplicable magnetismo, un influjo tan arrebatador que acompaña tu vida desde que tienes memoria. Puedes cambiar de pareja, perder lealtades o alejarte de tus amigos. No obstante, ella, ELLA es la que te transporta a esos inigualables momentos de bienestar, en los que el ciclismo aficionado o de competición es pura épica. Ese es tu secreto y esa es tu fuerza. Brindemos y peladeemos por ella. Amarás la bicicleta.

Juan Carlos Blasco

El que sueña a pedales

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